jueves, 19 de julio de 2012

Diario de un Superviviente II

ENTRADA 2.

¡Maldita sea! Qué mierda de día.

Y esto cada vez va a peor. Hoy tenemos a un amigo atado a una cama, temiendo que se convierta en una de esas cosas, y rezando por tener la sangre fría suficiente como para acabar con él en ese caso.

Esto no es ni mucho menos lo que los fanáticos del fin del sistema anhelaban. Sí, he deseado que el mundo moderno, con sus complicaciones y frustraciones, desapareciera de un plumazo y revirtiera a algo más primitivo y sencillo. Todos tenemos días así. Algunos incluso períodos enteros de una vida amargada y siempre al borde del colapso. Pero a menudo nos olvidamos que el no tener que preocuparse por si llegas a tiempo al trabajo, o si haces la declaración de la renta y pagas tus impuestos, es sustituido por un vertiginoso sentimiento de caída en barrena, un miedo frío y pegajoso, una duda angustiosa de si vas a sobrevivir al siguiente amanecer. Sobrevivir ocupa todo el tiempo en tu cabeza. Ya no hay tiempo a placeres superfluos ni pensamientos elevados.

No tengo que preocuparme por actualizar mi curriculum, ni por si no tendré descendencia, si plantaré un árbol antes de morir o escribiré un libro que consiga inmortalizar mi memoria. Eso ya no importa. Llevarse algo que comer a la boca es una pequeña victoria, y conciliar el sueño en medio de una oscuridad de aullidos y rasguños, un billete de ida al paraíso. La vuelta no está garantizada.

...

Todo estaba planeado, era sencillo. No reuniríamos y buscaríamos un sitio mejor. Palestine es un hervidero, y en cada esquina es como si tiráramos un dado jugando con nuestras posibilidades de supervivencia. El infierno de un ludópata.

Necesitaba algo para defenderme. Ya había comprobado que con un cuchillo de cocina no era capaz de enfrentarme ni a un vagabundo histérico, por lo que una de esas cosas acabaría conmigo en un santiamén. Y en mi dormitorio estaba la respuesta.

Nunca pensé que saldría a la calle con una espada de polipropileno, un arma de entrenamiento que compramos a través de una conocida tienda online. Era una frikada del grupo de amigos, para probar algo de esgrima medieval, quizás asemejarnos a algún héroe de película.

Desde luego, a lo largo de la jornada he agradecido la dureza del arma, que ha demostrado, no sin esfuerzo, ser capaz de romper cráneos como si fueran sandías. No obstante, en cuanto pueda me haré con una pistola como la de Alexander. No es cuestión de apostar mi vida a una única baza, y mi brazo –debería de haber hecho más ejercicio antes del Apocalipsis- se está resintiendo.

Pero ¿quién iba a suponerlo? Que en lugar de aprender idiomas, realizar postgraduados en estudios superfluos, o aprender informática, sería más útil haber ido a un gimnasio, haber aprendido a disparar un arma de fuego, o empaparse de los programas de supervivencia de la tele. Me tenía por un intelectual, y ahora mi cerebro vale para bien poco. Dejémoslo ahí. Quejarse es algo muy propio de mí, pero inútil.

...

Como ya he dicho, el día ha sido una pesadilla. Todo se complicó cuando Robert se vio sobrepasado por los zombis. A veces nos olvidamos que nos enfrentamos a enemigos incansables, y todavía no nos hemos hecho a la idea de que nuestros vecinos nos ataquen. Algo dentro de nosotros se resiste cada vez que vemos a uno, y reaccionamos con lentitud, con un horror natural ante la perspectiva de asesinar o herir a un semejante. Aún somos humanos. Será algo que superemos con el tiempo.

En cualquier caso, no sé si Robert saldrá de ésta. Lo haga o no, hemos aprendido una dolorosa lección que nos acompañará el resto de nuestra presumible corta vida. Sí, ya sabíamos que no llegaríamos a viejos, pero con estas perspectivas, sobrevivir siquiera un año se nos antoja una frontera lejana difícil de rebasar.

No podemos confiarnos, no debemos mostrar ni un solo atisbo de debilidad. Como tantas películas, libros y comics nos han enseñado, los que pululan erráticos por las calles de nuestro otrora hogar son infatigables depredadores. Pueden ser lentos, pero su número parece que no para de crecer.

Mi esperanza está en el campo -lo suyo sería llegar a alguna región montañosa, pero quedan muy al oeste- . Con los suficientes suministros, alejados de los grandes núcleos, ciudades y autopistas, podremos sobrevivir durante meses y con menos contratiempos. Por supuesto que llegará el día en que debamos volver a buscar más comida, quizás medicinas, pero debemos intentar ser autosuficientes. No tengo ni idea de cómo cultivar y, probablemente, sea un desastre en medio del campo, pero no veo otra alternativa.

La noche llega recordándome que lo venidero puede ser peor que lo pasado. Me espera una larga vigilia al pie de la puerta de la habitación de Robert. Preparado para lo peor. Intento no pensar en la mirada de su esposa, en sus hijos. Dios, cómo hecho de menos dormir a pierna suelta ocho horas seguidas.

Alex me trae la cena y con una mirada tensa me lanza mil preguntas para las que no tengo respuesta. Al fondo se escuchan cuchicheos. Jospeh manda callar a Ada que quiere ver de nuevo a un amigo de un colegio que a estas alturas probablemente esté muerto. Ésta es la nueva rutina en nuestra particular e improvisada familia. 

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