martes, 10 de julio de 2012

ATZ. Historias sin importancia


El pequeño apartamento estaba tenuemente iluminado. La escasa luz se derramaba perezosamente sobre los libros que atestaban el cuarto, sobre las hojas manuscritas esparcidas entre restos de comida y apenas alcanzaba los pies descalzos de su único y sofocado ocupante. Sentado en el suelo, en medio de una isla de sombras, Alexander aún pensaba en acabar algún día aquel trabajo sobre corsarios y otros asuntos que, probablemente, ya no importaban a nadie. Sin embargo no dejaba de ser un remanente de su vida anterior. Había dedicado sus dos últimos años al tema y, además, aquella era la válvula de escape que había impedido que se volviera definitivamente loco.
Bajo la ventana, Alex había perdido la noción del tiempo. El calor y el miedo lo habían mantenido inmerso en un sopor insomne desde hacía tanto, que ya no podía decir cuánto llevaba despierto. Quizás fuera desde aquél día cuando, junto al campamento de refugiados de la calle East Springs, pudo ver de primera mano cuán mal estaban las cosas. O quizás desde los días que inmediatamente lo siguieron, en los que el pánico convirtió a la gente en animales asustado o en cosas peores. Aunque la policía y las autoridades intentaban calmar los ánimos y se felicitaban por haber neutralizado la amenaza del Incidente Bumstead, la percepción general fue de vulnerabilidad e inseguridad. Peor aún, gran parte de Palestine se lanzó hacer acopio de comida o a las carreteras, intentando alcanzar un lugar al que huir.
La especulación, los robos y los saqueos proliferaron.
Alexander aún recuerda la última vez que pudo comprar comida. Fue a la tienda de Ann, tanto a buscar provisiones como a saber de los Davies, pero no esperaba el panorama de lo que iba a encontrar. En el escaparate se dibujaba una telaraña de vidrios rotos, la gente esperaba formando una larga fila que desde la tienda llegaba al exterior y un par de agentes de policía observaban apostados no muy lejos. Dentro, aunque el racionamiento limitaba la adquisición de alimentos, las estanterías y los expositores estaban casi vacíos. Tras el mostrador, Ann atendía distante y en silencio, con un lado de la cara tumefacto. Junto a ella, Joseph manejaba la caja no muy lejos de una barra de metal apoyada sin disimulo en la pared.
El precio por unas pocas latas de maíz fue exorbitante y Alexander tuvo que prescindir de algunas cosas. Con un punto de vergüenza en la mirada, Joseph le tendió la compra. “Las cosas están mal”, dijo. Pero Alex no le escuchaba. Asintió mecánicamente cuando este le habló, pero su cabeza estaba en otra parte. Los cristales rotos. El rostro magullado de Ann. La barra de metal. La actitud vigilante (¿o era expectante?) de la policía. Las manchas de sangre aún recientes y que no acababan de ser borradas por completo del asfalto…
Claro que las cosas estaban mal. Alexander pensó en Ada, la pequeña hija de los Davies, y estuvo tentado de volver más tarde para ofrecer su revólver a Joseph. Él tenía una familia que proteger, mientras la suya estaba lejos. Pero no lo hizo. Se marchó despacio, rumiando su miedo y su cobardía, hasta que una mano le hizo volverse. Se olvidaba esto, señor” Joseph deslizó en su bolsa una de las latas de judías que no pudo pagar, antes de regresar rápidamente a la tienda.
Una cabezada sacó a Alex de su ensoñación ¿En qué momento se había quedado dormido? ¿Seguía despierto?
La luz era más débil ahora, pero no sabía decir si atardecía o anochecía. El ambiente espeso, denso, de la habitación estaba cargado de un olor rancio a basura y a encierro, como el de una madriguera. Sin embargo, Alexander se mostraba reticente a abrir las ventanas. En el exterior, flotaba en las calles un hedor acre y dulzón. Al aroma de los incendios habidos se sumaba, además, el de la descomposición de los cadáveres, que se pudrían a centenares bajo un sol con temperaturas de más de 40º.
Empapado en sudor, le dolía la cabeza y sus ojos irritados parecían arder. Tragó sin agua un par de aspirinas y trató de pensar en cómo llegó a aquella situación.
Recordó a un excitado Jack Shepard que le decía frente al portal de su casa: “La mayor parte de la Red ha caído, pero aún funcionan algunos servidores extranjeros. Las cosas están mal, Muy Mal. No te imaginas cuánto. No te imaginas lo que dicen. Estoy pensando en marcharme.
Pero claro, Jack no pudo marcharse. Estaba atrapado, como todos.
Alex se preguntaba cuándo se alcanzó el punto de ruptura ¿Fue con Bumstead? ¿Antes? ¿En algún momento después? Desde luego, tras aquello pocos pisaban las calles al anochecer. Corrieron rumores de callejones que se poblaban de sombras que vagaban en la oscuridad, sobre desapariciones y sobre lugares donde era mejor no aventurarse. Sobrevinieron entonces unos días de calma tensa y nervios crispados. Se respiraba la inminencia de algo inconcreto y abstracto que nadie se aventuraba a nombrar.
Más tarde los acontecimientos se precipitaron. El primer “cordón sanitario” se estableció en torno al Hospital Regional. Las noches inmediatas fueron de un continuo hormiguear de camiones de soldados y patrullas de policías y voluntarios. En menos de 48 horas se confirmaron tres nuevas zonas de exclusión y se recomendó a la población no salir de sus casas. En todo momento, una voz desapasionada informaba por la radio de la ubicación de áreas de internamiento para el examen médico y la derivación de los desplazados hacia lugares más seguros. Pronto, tras una larga noche de repliegues apresurados, detonaciones y disparos, la ciudad quedó virtualmente cortada en dos.
Como epítome último de la fracasada política de contención, Alex recuerda el mensaje por megafonía que, desde su misma calle (a unos pocos metros de su ventana), recomendaba a la gente acudir al Punto Seguro, añadiendo que no podrían responsabilizarse de la seguridad de los que quedasen atrás. Durante algunas horas el ruido de los coches, las carreras y las voces de los evacuados llenó el apartamento. Dejó sonar los golpes en su puerta y esperó y dejó pasar el tiempo hasta que el silencio se hizo completo.
Ya la radio sólo transmite un débil mensaje grabado, insistiendo en que el Punto Alfa de Palestine (Condado de Anderson, Texas) ya no es seguro. Y que necesitan ayuda urgente. Las pilas están casi agotadas, pero Alex sabe que probablemente el origen de la señal también ese esté apagando.
Después de días de furiosos combates, de días sofocantes e interminables noches de reflectores y balas trazadoras, hace mucho (no sabría decir cuánto) que todo cesó. Tan sólo puede apreciarse ahora una columna de humo espeso sobre lo que fue El Álamo. Alexander sabe que a él tampoco le queda ya mucho tiempo. Hace días que no prueba bocado y el agua sólo es un recuerdo que le atormenta en su sed. Desde que dejó de manar por los grifos, acabó con el líquido de de las benditas latas de maíz, con el agua destilada de un par de pisapapeles (que siempre había detestado) y hasta de la que aún contenía la cisterna del baño.
Ahora sabe que debe salir sin más dilación o morir aquí. Guarda en el cinturón su revólver y cuelga del hombro una mochila casi vacía. Unos pocos enseres acompañan a una manta y un par de zapatos de repuesto, ya que intuye que si tiene suerte le queda un largo, largo camino por delante. Cuando está a punto de marchar, sus pasos se detienen con una súbita inspiración. Primero deja las llaves junto a la puerta (¿quién sabe si alguien podría necesitarlas?) y después vuelve a su habitación. Añade a la mochila su libro favorito y las hojas garrapateadas de su trabajo sobre los corsarios.
Sonríe. Ahora sabe que no deja nada importante atrás.
By Oz.

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