miércoles, 8 de octubre de 2014

ATZ. Diario de Jack

Día 46

Cuando volvimos de nuestra expedición al supermercado ya estaba casi anocheciendo. Aún tardamos un rato en poder entrar en casa sin llamar la atención, porque había un puñado de tarados en los alrededores del edificio. Había dos o tres justo en la entrada, balanceándose inmóviles frente a la puerta. No vimos ningún movimiento en las ventanas, ni siquiera después del ruido de las carreras y los golpes cuando nos los cargamos. Eso comenzó a inquietar a Robert y a Joseph.

La casa estaba completamente a oscuras y silenciosa como... bueno, como una tumba. No es la expresión más adecuada. Lo sé.


Robert y Joseph atravesaron el recibidor y se encaminaron escaleras arriba llamando a Laurie, y a Ann, y a los niños. Con cada llamada comenzaba a asomar en sus voces un deje cada vez más histérico. Nosotros los seguíamos justo detrás, ya con las armas en la mano, y casi nos liamos a tiros en medio de la oscuridad cuando Robert estuvo a punto de tropezar con algo en lo alto de las escaleras.
Will tuvo el tino de encender una linterna para evitar que rodáramos escaleras abajo. Creo que pasaré el resto de los días que me queden deseando que no lo hubiera hecho.

Lisa, la chica herida que habíamos rescatado, ya no era Lisa. Se había convertido en otra de esas cosas, y estaba apoyada con las palmas de las manos (casi con suavidad) contra la puerta de una de las habitaciones sin dejar de gruñir, mientras le daba ocasionales cabezazos. Tenía el rostro y el pecho y los brazos teñidos de sangre medio reseca. A pesar del ruido que estábamos armando y la luz de la linterna aún tardó en fijarse en nuestra presencia.
En el suelo estaban Laurie y Ann... dos muñecas descarnadas e inmóviles sobre una inmensa mancha roja. Apenas si pudimos distinguirlas por los jirones de ropa.

El tiempo se espesó. O más bien comenzó a avanzar a saltos, como una serie de fotos de un mismo instante tiradas desde distintos ángulos:

Joseph inmóvil al pie del rellano, con los brazos colgando muertos a los costados, la boca descompuesta en una mueca que en cualquier otra situación hubiera resultado cómica.

Robert caído de rodillas en un gruñido ronco, gateando sobre el charco de sangre hasta el cuerpo de su mujer sin decidirse a tocarlo.

La cosa que ya no era Lisa, extendiendo un brazo hacia Robert con la boca abierta hasta un tamaño imposible.

Alex saltando sobre el cuerpo de Laurie, derribando a la cosa que ya no era Lisa y aplastándole la cabeza con la culata del rifle hasta dejarla reducida a pulpa.

No sé cuánto tiempo contemplamos a Joseph  y Robert desmoronarse, incapaces de reaccionar ¿segundos? ¿minutos? Solo cuando alguien musitó "¿y los niños?" parecieron volver a una realidad vidriosa, llamando a voces a sus hijos.

Yo también me puse nervioso, lo reconozco, al acordarme de repente de Arthur. Me dirigí hacia la puerta sobre la que se apoyaba la-cosa-que-ya-no-era-Lisa e intenté abrirla. Estaba cerrada. Sin tener muy claro si eso era una buena o mala noticia comencé a forcejear con ella hasta que conseguí abrirla con la ayuda de Will.

Ada se encontraba encogida en un rincón tras un mueble, tapada completamente con una sábana. Ni siquiera cuando entramos a trompicones pareció moverse mucho. Arthur estaba de pie, ocultándola tras él en una actitud que quería ser protectora. Me conmovió.

Costó algo más encontrar a Luke y Mark. Estaban en la habitación del piso inferior, y estaban tan conmocionados que ni siquiera cuando irrumpimos parecieron reconocernos. Mark comenzó a chillar cuando su padre lo intentó coger, y hubo que taparle la boca hasta que comenzó a calmarse. Aún ahora me sorprende cómo no llamamos la atención de los muertos de toda la ciudad.

Los días posteriores no han sido más que una colección de recuerdos nebulosos...
El silencio pesado e inmóvil en medio de este calor sofocante. Los sollozos ahogados de los niños.
Joseph y Robert dando descanso con un disparo a los cuerpos devorados de sus mujeres, reanimados pero incapaces de moverse, utilizando una almohada para amortiguar el estampido.
El entierro apresurado y clandestino en el pequeño patio trasero de la casa, mientras los demás vigilábamos y abatíamos a los tarados que se acercaban.
Los planes apresurados para dejar atrás Palestine, la casa y el dolor, mientras Will, Alex y yo intentábamos imponer un poco de cordura y que no se convirtiera en un un suicidio insensato.
La partida al amanecer, aprovechando que los tarados parecen menos activos, en medio de un frenesí de bultos de equipaje. Los niños encogidos en los asientos traseros, mirando ausentes la calle.


Frente a lo que temía ha sido fácil alcanzar la salida de Palestine y no ha habido complicaciones. Hemos decidido tomar la Condal 84 por el sureste, hacia Rusk. Es un pueblo pequeño y quedó vacío tras la cuarentena, con toda la población refugiada en nuestra ciudad. No deberíamos tener problemas para atravesarlo. Después por el sur hacia Alto, y después tal vez hacia Nacogdoches. Ya se verá. No termina de gustarme el plan, demasiadas cosas dejadas al aire. Pero tampoco podemos hacer mucho más.

Ya estamos cerca de media mañana. Hemos parado a estirar las piernas porque los niños estaban a punto de mearse dentro del coche, y este cobertizo vacío (¿por qué construyen cobertizos en medio del campo?¡es absurdo!) parece un lugar tan bueno como cualquier otro. Yo no tenía ganas de salir de la caravana, así que intento quitarme las telarañas de la cabeza escribiendo.

Ya vienen. Nos ponemos en marcha otra vez.

Pobres críos.





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